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domingo, 16 de mayo de 2010

CELIA de Renate Mörder


Celia abrió el paquete de pasteles, lo apoyo sobre sus rodillas, miró las confituras, se relamió. Una expresión de placer casi perverso se reflejó en su obeso rostro.
Contó los pequeños pasteles, eran quince: cuatro de crema, tres de chocolate, uno de frutilla, dos de almendras y cinco de coco; todos eran distintos entre sí.
-Me los mandaron tal cual los pedí -dijo sonriendo satisfecha mientras repasaba mentalmente el orden en que tenía que comerlos. El primero debía ser de crema, miró los cuatro y eligió el mejor. Sí, el mejor, porque éste representaba a Bernie; y Bernie, con su cabello rubio y su piel blanca, había sido el que le había dado más satisfacciones. Con mirada soñadora evocó su pareja de tantos años. Comió lentamente el pastel, lo saboreó, tragó el último bocado, suspiró.
El segundo pastel representaba a Benjamin, y también debía ser de crema, ya que Benjamin había sido casi albino, pero este debía ser un pastel sin demasiadas pretensiones, lo mismo que el que representaba a Tomás que era el que debía comer en quinto lugar y el que le recordaría a David que era el número diez. Buscó el menos atractivo y lo comió de un solo bocado.
Miró la hora y pensó con tristeza "Se está haciendo tarde".
El tercer y cuarto pastel debían ser de chocolate como Ricky y Jesús, esos dos maravillosos mulatos centroamericanos que habían ido cierto día a hacer unos arreglos en su casa y se habían incorporado a su vida para siempre. "Todos conviven dentro de mí, todos son parte mía y todo valió la pena" pensó.
El quinto era Tomás y lo deglutió rápidamente. El sexto era Robert y era de almendras, tan sabroso y dorado como él, que era dorado de pies a cabeza, "Una maravilla".
El séptimo, octavo y noveno pasaron sin pena ni gloria, tal como pasaron Willy, un pelirrojo intrascendente representado por el único pastel de frutillas y los canosos George y Joe, dos insípidos pasteles de coco.
El décimo era David, el peor de los de crema. El número once, Alfred "Una delicia de chocolate".
Volvió a mirar la hora nerviosa y se sirvió una copa de licor mientras pensaba en las inyecciones que le iban a aplicar en un rato y en lo mucho que odiaba las inyecciones.
Miró la bandeja, aún quedaban cuatro pasteles. El número doce era de almendras, el más delicioso de los de almendras porque era Paulo, un adorable brasileño que le había encargado unas traducciones. Sonrió, "El placer no tiene límites" se dijo.
Miró los tres que quedaban, eran exquisitos, los mejores de coco. Pensó con pena que no iba a poder comerlos enteros. Pero bueno, la vida era así, los vecinos entrometidos eran así. "La gente es mala" dijo en voz alta. Comió despacio tres cuartas partes de dos de los pasteles y la mitad del último.
Se sirvió la última copa de licor, la bebió despacio. Luego se puso de pie, miró hacia la puerta y dijo en perfecto inglés "Ya terminé". La puerta se abrió e ingresó un sacerdote. El religioso avanzó despacio, y se sentó temeroso a casi un metro del lugar en el que estaba ella. Comenzó a hablarle en inglés, pero ella no lo escuchaba. Ella, seguía pensando en sus pasteles y en sus hombres.
"Todos forman parte de mi, todos son parte mía" se decía a si misma mientras sonreía con satisfacción.
- Hija -exclamó de pronto el sacerdote.
El sonido de la palabra en español la sobresaltó.
- Sí padre.
- ¿No te arrepientes de tus pecados? ¿No te arrepientes de tus crímenes?
Ella lo miró y observó la bandeja con los restos de los tres últimos pasteles de coco, y recordó con pena lo que había quedado en el refrigerador del sótano de su casa. El obeso rostro de la mujer se ensombreció.
- Una pena -susurró- una pena.
El sacerdote suspiró aliviado y dijo:
- Entonces ¿Te arrepientes?
Ella lo miró burlona y con expresión satisfecha le contestó:
- No padre. Si pudiera, volvería a comérmelos a todos.
El sacerdote se persignó y ella lanzó una carcajada.
Entraron los guardias tomaron a Celia de un brazo, la sacaron de su celda y la escoltaron por el viejo y frío pasillo de la cárcel.
Celia, avanzando con desgano, dijo en voz alta: "Odio las inyecciones", pero nadie la escuchó, pues el grito del guardia que había quedado en la celda ahogó su última queja:
- Dead woman walking
- Mujer muerta caminando -susurró Celia con su vieja costumbre de traducirlo todo.

6 comentarios:

  1. Con este cuento te conocí.
    Muy bueno!!!
    Ingenioso al ciento por ciento

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  2. Ingenioso y de humor negro. Mi favorito

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  3. Un relato genial con sabor agridulce.
    Saludos

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  4. Renata, eres impresionante. Me das miedo. Gracias por tus relatos

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