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sábado, 4 de noviembre de 2017

CAPRI EN AGOSTO de Renate MÖRDER

Salieron del funicular y la vista desde la Piazzetta los dejó sin aliento, fue como recibir el beso de un amante apasionado. Pedro la miró cómplice como queriendo compartir la magia del momento. Intentó sonreírle, pero chocó contra el hielo de sus ojos. Carlota comenzó a caminar por la Vía Longano y él la siguió con una mueca amarga. Se perdieron por un laberinto de calles angostas con tiendas exclusivas que ella ni miraba. Una adolescente a la que no le importaba la ropa, que desdeñaba lo banal y parecía tener la seguridad de una mujer adulta. Su hija lo asustaba. En un mercado compraron agua mineral para soportar el sol de agosto a la hora de la siesta y luego emprendieron la caminata hacía la Villa Jovis. Esquivando turistas llegaron a la Vía Tiberio. Él conocía el camino pero no recordaba que fuera tan cuesta arriba, pero bueno, en aquel entonces con treinta años nada parecía ser muy empinado. Un carrito de golf que transportaba a unos veraneantes con su equipaje los obligó a detenerse a un costado de la calle.
Mirá que lindo Carli, tendríamos que haber contratado uno como ese comentó Pedro. Carlota no dijo nada. Una adolescente indolente, eso era. Nada que no se relacionara con ella o su madre le importaba.
Con esfuerzo él y sin dificultad ella siguieron ascendiendo rumbo a la cima del monte Tiberio. Pasaron frente al arco de entrada de la Chiesa di San Michele Alla Croce y Pedro tuvo ganas de entrar como lo había hecho aquella vez con su ex mujer, pero siguió andando entre medianeras de piedra y entradas a villas con jardines cubiertos de flores. Cuando ya prácticamente desfallecía, su hija decidió parar. Él se sentó en un cantero y bebió un poco de agua mientras Carlota tomaba una fotografía.
—Tengo una foto de mamá que posa en el frente de esa casa —dijo de pronto.
Él la recordó de inmediato, a pesar de que hacía años que no la veía. Su ex mujer se había quedado con sus fotografías, con su casa, con su hija, con todos sus recuerdos.
 —Siento como si conociera Capri, —agregó Carlota como si hablara consigo misma— el último tiempo, mamá no hacía más que acordarse de este viaje.
Pedro tuvo ganas de contarle lo felices que él y su madre habían sido allí, pero se abstuvo, sabía que nada de lo que le dijera iba a conmoverla. Siguieron caminando, a esta altura, prácticamente solos. Aquel  circuito, bajo el sol de agosto era solo para intrépidos, la mayoría de los turistas prefería dar una vuelta en barco o pasear por los jardines de Augusto. Miró con desconfianza el desfibrilador que estaba apostado en un muro, no los había visto antes en la isla y por un momento tuvo un atisbo de pánico, pero respiro hondo. Debía tranquilizarse, no le iba a pasar nada, no estaba enfermo, no estaba tan viejo, podía soportarlo. Continuaron, más villas, más jardines, más limoneros, más flores y él se preguntó si su ex mujer no había elegido la Villa Jovis a propósito para cansarlo, para que se infartara.
—¿Estás segura que dijo en la Villa Jovis? —le preguntó a su hija.
—Sí. Me contó que le diste un anillo y se comprometieron en ese lugar. Pero si estás muy cansado, puedo seguir sola.
—¿Cómo te voy a dejar sola?
Lo miró con esa mirada dura que le recordaba tanto a Adela y le asestó el golpe verbal:
—No sería la primera vez.
Esta vez el que tomó la iniciativa de seguir caminando fue él. No le iba a dar más explicaciones, entendía que Carlota no tenía la culpa, los chicos nunca tienen la culpa, pero ya estaba harto de explicarle como habían sido en realidad las cosas.
Subieron por una escalera de piedra y ella dio un salto cuando se le cruzó una lagartija, la oyó reír y le pareció una música hermosa. De chiquita se reía mucho, en cambio ahora solo lloraba, discutía, cuestionaba. Había corrido a Rosario apenas supo del fallecimiento de Adela con la esperanza de recuperar a su hija. Todo había sido en vano, su mujer la había alimentado con odio y ahora la niña prefería vivir con una tía en lugar de quedarse con él en Buenos Aires.
Llegaron a un bosque, vieron unas cabras y ella se detuvo a mirarlas. Pedro aprovechó para descansar, el corazón le latía desbocado, la ropa se le pegaba a la espalda. Respiró hondo y se perdió en la vista de la isla que era impresionante desde esa altura y pensó en los pobres infelices que Tiberio arrojaba al mar. La voz de su hija rompiendo el silencio de la tarde lo sorprendió.
—¿Dónde le diste el anillo?
Pedro miró a su niña con pena, ella quería cumplir al pie de la letra con la voluntad de su madre. Unas semanas atrás le había pedido llorando a moco tendido que la llevara a Capri y él, sin pensarlo, había sacado los pasajes, pero ahora se arrepentía un poco. ¿Cómo iba a hacer de ahora en adelante para volver a vivir sin ella?
Carlota seguía esperando su respuesta. Pedro sopesó las posibilidades, no sabía si iba a llegar hasta la villa, se sentía demasiado agotado y no podía arriesgarse a que le pasara algo, dejándola sola en el medio de la nada.
—Fue allá —mintió, señalando un lugar relativamente cercano.
—¿No había sido en la Villa? Mamá me dijo...
—No, se confundió, nos paramos acá, a mirar el paisaje, estábamos cansados. Acá yo le pedí que se casara conmigo. ¾lo dijo con tanta seguridad que Carlota le creyó.
Con cuidado, extrajo de su bolso la pequeña urna y se la alcanzó a su hija.
—¿Rezamos primero? —le preguntó ella.
Él asintió. Dijeron una plegaria y arrojaron las cenizas al costado del camino. El padre abrazó a la hija y ella se dejó consolar. Lloraron juntos: por los años perdidos, por la madre perdida,  por el amor perdido y entonces él, sin una pizca de orgullo, se animó a rogar:
—No te quedes en Rosario, vení a vivir conmigo, dame una oportunidad.
Carlota lo miró como buscando algo en el fondo de sus ojos, algo que evidentemente logró encontrar. Luego le devolvió el abrazo.

En silencio emprendieron el regreso a la estación del funicular, el sol ya no estaba tan abrasador, el camino era cuesta abajo, todo mejoraba.

Este cuento forma parte de la Antología "LUGARES"

jueves, 19 de octubre de 2017

2 ESTACIONES - SUPLEMENTO ESPECIAL DE EL NARRATORIO

PÁJAROS CANTAN
RENATE MÖRDER

Y
a es primavera, unos pájaros atraviesan los barrotes de la reja y se posan en el alféizar. Maribel, desde abajo, no los ve pero oye sus trinos, da saltitos intentando divisarlos, sonríe, imaginando que van a hacer un nido. Se detiene bajo el ventanuco y algo cae y golpea su cabeza. Ella observa el trozo de alambre puntiagudo y oxidado y piensa. Es una cuestión de precisión y de suerte. Entonces la puerta se abre, los pájaros amplifican su canto, él ingresa y los mira con ojos inyectados. Maribel salta, le perfora la yugular, corre.






OTOÑO DEL´89
RENATE MÖRDER

L
a hoja se desprendió del árbol y cayó a sus pies. La niña la recogió, sacó un bolígrafo y escribió su nombre en ella. Le dio un beso de despedida y la dejó a merced del viento que la arrastró más allá del muro. “La hoja es libre”, exclamó. Muchos otoños y muchas hojas después, en aquel precioso otoño de 1989, la niña, ya mujer, camina sin que nadie la detenga. Llega hasta la Columna de la Victoria y recoge una hoja del suelo. Saca un bolígrafo y escribe su nombre, la suelta, sonríe.






lunes, 20 de febrero de 2017

DESDEÑADA de Renate MÖRDER

Asistió al baile de carnaval. Esperó en vano que le pidieran una pieza. Resentida provocó el fuego, bailarían con ella en el más allá.


#carnavalesdecuento

jueves, 8 de diciembre de 2016

VACACIONES DE NAVIDAD de Renate MÖRDER #minavidaddecuento

Mi abuela dice que me esperará en la estación, pide que por favor me acompañen hasta tomar el tren.
Como era la misma rutina de siempre, nadie dudó, el chofer del colegio ayudó a Alexa a subir al tren y le deseó unas felices vacaciones de navidad.

La niña huérfana descendió en la estación indicada, tomó un autobús y luego caminó dos kilómetros hasta la casa de su abuela que estaba en el medio del campo. Nadie salió a recibirla, pero eso no la inquietó. Ella había dejado a la vieja malvada bien muerta en su última visita. 

domingo, 24 de julio de 2016

LO QUE NO DIJO de Renate MÖRDER


El miedo fue lo primero. Le hablaba al oído cada noche prometiéndole peores horrores que los que había presenciado. Después llegó la culpa que como un animal comenzó a devorarle las entrañas. Finalmente habló, contó que había llevado a Yamila a la casa abandonada, que se la había entregado a la bandita de la plaza a cambio de que le cortaran la cara, que lo había hecho porque quería ser la más linda del curso.

Un cuento en 75 palabras escrito para la sección "LO QUE NO DIJE" de PERRO GRIS.-

sábado, 18 de junio de 2016

LUCREZIA EN LA ISLA DEL NO RETORNO de Renate MÖRDER.

   Pietro sudaba copiosamente, tenía escalofríos y dolores de cabeza, sus ganglios estaban hinchados y sus heridas expelían humores malolientes, su piel era un muestrario de colores: azul, morado, violeta, negro. Lucrezia tapaba su nariz y su boca con un lienzo mientras sostenía una escupidera en la que su marido vertía esputos sanguinolentos. Afuera los soldados llevaban hacia los muelles carros repletos de cadáveres. Ellos dos se mantenían ocultos pero sabían que en cualquier momento alguien los denunciaría y los soldados irrumpirían en su casa para llevarlos a la isla de Poveglia, la isla de la que no se volvía jamás.
   En los momentos en que la fiebre le permitía expresarse con lucidez, Pietro le rogaba a Lucrezia que huyera, pero ella se negaba a abandonarlo. Un día los hombres de la máscara de pico golpearon la puerta, ella intentó explicarles que no estaba enferma, se apartó las ropas, les mostró su exquisita piel blanca, impoluta. Los hombres pájaro se quedaron viéndola dubitativos, como tentados de quitarse las pesadas ropas que los aislaban de la peste para obtener un poco de placer entre tanto dolor y podredumbre, pero alguien rompió el sortilegio: "No se dejen engañar, su carne está corrompida, la mujer está impura al igual que su marido". Los separaron, a Pietro lo cargaron en el carro de los moribundos, a ella la obligaron a caminar junto con otros infelices. Una mujer harapienta intentó quitarle el pañuelo con el que se protegía del olor que la rodeaba, Lucrezia luchó por él, pero la mujer era más fuerte. Un caballero muy bien vestido la socorrió.  Ella le agradeció con un movimiento de cabeza y luego, aferrada a su pañuelo, se concentró en el carro de adelante en el que, como un despojo, viajaba su amado Pietro. El caballero caminó en silencio a su lado y ella por alguna extraña razón se sintió protegida.
   Al llegar al muelle perdió el rastro de Pietro, la empujaron a una barcaza mugrienta. Instintivamente buscó al caballero, vio que lo conducían a una embarcación diferente. Cruzaron la laguna, sus naves viajaban muy cercanas. Nadie hablaba, sólo se oía el rumor del agua y los gemidos y lamentos de los enfermos. Lucrezia observó al extraño hasta que la niebla convirtió su barcaza en un bulto tan negro como los vómitos de la peste, pero a pesar de no verlo, sentía su presencia, lo percibía y hasta podía jurar que estaba ahí, velando por ella.
   Atracaron en Poveglia, la isla de los muertos. Nuevos hombres máscara de pico los esperaban y los arrancaban de los barcos. "¡Doctor!" -llamó alguien. "No hay doctores aquí -fue la respuesta- sólo somos sepultureros". Lucrezia bajó de la barca como impelida por una fuerza sobrenatural y pese a que vio a Pietro cerca del muelle en el piso junto a otros desdichados no pudo detenerse. Se internó en un bosque, vio como los hombres de pico arrojaban al fuego a los apestados, algunos muertos, otros todavía vivos. El hedor de las fogatas crematorias lo impregnaba todo, pero ella seguía andando, inmune al horror  como si un poderoso imán la atrajera. De pronto el extraño caballero salió a su encuentro, la ocultó entre los matorrales, le sonrió enigmático. Besó sus cabellos y, mientras le acariciaba el cuerpo como si ella le perteneciera, le susurró al oído: "Una mujer hermosa como tú merece la eternidad". Lucrezia lo miró confusa, la piel del caballero era muy blanca y brillaba bajo la luz de la luna, se sentía atrapada, fascinada por su encanto. Él clavó sus dientes en ella. Lucrezia sintió primero el dolor de su carne desgarrándose y luego un espasmo de placer, mientras él la sorbía como un vino caliente. El caballero la arrojó al suelo impregnado de la ceniza de los muertos y se le ofreció. Lucrezia lo bebió con furia y desesperación. Esa misma noche atraparon dos sepultureros, saborearon la sangre de sus cuerpos y se los arrojaron a las ratas. Disfrazados con sus máscaras de pico, regresaron de la isla al amanecer. Fue así como Lucrezia se salvó. Desde entonces, se alimenta de los turistas que llegan subyugados por el encanto de Venecia. Muchas veces cuando mira hacia la isla de Poveglia rememora lo bello que fue el amor que tuvo con Pietro y reza una oración por él. Otras, recuerda al caballero que torció su destino y le regaló la inmortalidad, a él no le fue tan bien como a ella: en el 1700 descubrieron lo que era y le clavaron una estaca en el corazón. Está enterrado en Poveglia, como lo indica el ritual, con un ladrillo encajado en la boca.