A Eva no la conformaba ninguno de sus amantes: Máximo era egoísta como un gato; Pablo, astuto como un zorro; Fabio, voraz como un tiburón y Nacho, absorbente como una garrapata. Viendo a la espléndida mujer que pasaba a su lado y le sonreía insinuante, pensó que quizás era tiempo de abrazar el lesbianismo, pero al imaginarla parloteando como una lora, desistió.
