Nunca lo habíamos visto, pero para aterrorizarnos nos bastaba con escuchar el sonido de su voz en el medio de la noche. Sospechábamos que él le había quitado la vida a papá y sabíamos que respondía a los deseos de mamá, a punto tal que vivía debajo de su cama.
Teníamos la certeza de que nos odiaba, pues, noche tras noche, lo escuchábamos hablar acerca de la conveniencia de librarse de nosotros.
Éramos unos niños casi perfectos ya que conocíamos las represalias que sobrevenían cuando sin querer nos equivocábamos en algo durante el día. Esas noches, el monstruo se ponía violento, vociferaba, aullaba y le rogaba a mamá que le quitara la llave a la puerta “para terminar con esos mocosos”. Entonces nosotros rezábamos para que mamá no abriese, para que amaneciera pronto.
Yo no sé si usted comprende la magnitud de lo que le cuento. Pero imagíneselo así: yo con trece años, mi hermana Amalia, con nueve y mi hermanito más chico con sólo seis, viviendo en el medio del campo con una mujer que no nos amaba y que nos había obligado a cavar la tumba de nuestro padre. Piénselo, ¿usted no hubiera hecho lo mismo que yo? No me conteste, no importa.
La tarde en que me libré del monstruo, mamá había ido al pueblo a comprarse un vestido blanco. Había regresado justo cuando nosotros estábamos terminando de arrancar las malezas de la huerta. Con el vestido nuevo puesto y expresión ausente, se había dirigido a la casa sin siquiera mirarnos.
Yo la había seguido con la mirada. Desde mi puesto de trabajo podía ver el interior de su habitación a través de la ventana. Estaba parada frente al espejo y sonreía en forma extraña. Permanecí como hipnotizado observándola, hasta que de pronto noté sobresaltado que hablaba con alguien y fue ahí cuando supe que algo andaba mal, pues el monstruo nunca salía de debajo de la cama antes que cayera la noche.
No les dije nada a mis hermanos, pero me quedé con mis sospechas y con el destornillador más filoso de la caja de herramientas. Cuando nuestra faena concluyó y regresamos a la casa, el monstruo nos esperaba agazapado detrás de la puerta y hubiera logrado arrancar con su vieja cuchilla el corazón de Amalia, si yo no hubiera sido más rápido. Descargué con fuerza el destornillador una y otra vez sobre el cuerpo del monstruo. La terrible voz que nos había aterrorizado durante tantas noches, se transformó en un aullido desgarrador y mamá cayó pesadamente sobre el suelo del porche. Su sangre había teñido de rojo el nuevo vestido blanco.
Teníamos la certeza de que nos odiaba, pues, noche tras noche, lo escuchábamos hablar acerca de la conveniencia de librarse de nosotros.
Éramos unos niños casi perfectos ya que conocíamos las represalias que sobrevenían cuando sin querer nos equivocábamos en algo durante el día. Esas noches, el monstruo se ponía violento, vociferaba, aullaba y le rogaba a mamá que le quitara la llave a la puerta “para terminar con esos mocosos”. Entonces nosotros rezábamos para que mamá no abriese, para que amaneciera pronto.
Yo no sé si usted comprende la magnitud de lo que le cuento. Pero imagíneselo así: yo con trece años, mi hermana Amalia, con nueve y mi hermanito más chico con sólo seis, viviendo en el medio del campo con una mujer que no nos amaba y que nos había obligado a cavar la tumba de nuestro padre. Piénselo, ¿usted no hubiera hecho lo mismo que yo? No me conteste, no importa.
La tarde en que me libré del monstruo, mamá había ido al pueblo a comprarse un vestido blanco. Había regresado justo cuando nosotros estábamos terminando de arrancar las malezas de la huerta. Con el vestido nuevo puesto y expresión ausente, se había dirigido a la casa sin siquiera mirarnos.
Yo la había seguido con la mirada. Desde mi puesto de trabajo podía ver el interior de su habitación a través de la ventana. Estaba parada frente al espejo y sonreía en forma extraña. Permanecí como hipnotizado observándola, hasta que de pronto noté sobresaltado que hablaba con alguien y fue ahí cuando supe que algo andaba mal, pues el monstruo nunca salía de debajo de la cama antes que cayera la noche.
No les dije nada a mis hermanos, pero me quedé con mis sospechas y con el destornillador más filoso de la caja de herramientas. Cuando nuestra faena concluyó y regresamos a la casa, el monstruo nos esperaba agazapado detrás de la puerta y hubiera logrado arrancar con su vieja cuchilla el corazón de Amalia, si yo no hubiera sido más rápido. Descargué con fuerza el destornillador una y otra vez sobre el cuerpo del monstruo. La terrible voz que nos había aterrorizado durante tantas noches, se transformó en un aullido desgarrador y mamá cayó pesadamente sobre el suelo del porche. Su sangre había teñido de rojo el nuevo vestido blanco.
